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El extraño universo de Dirty Beaches

Chris Estepa, 26 de Diciembre de 2013

Alex Zhang Hungtai, nacido en Taiwan pero residente en Canadá, es el cerebro de Dirty Beaches, una de las propuestas más originales del panorama actual. Su alma de nómada le ha llevado por lugares tan dispares como Honolulu, Berlín o San Francisco.
Una mezcla de culturas tan inusual desencadena un sonido lleno de recovecos. Texturas lo-fi empapadas de capas y capas de ruido sucio y grasiento; atmósferas de otra galaxia con ascendencia punk.

 

Hazlo tú mismo

Antes de dar el salto definitivo, Hungtai publicó una serie de EPs y splits únicamente en cassette; composiciones instrumentales con influencias del hip hop más clásico que ya iban dejando entrever lo que vendría después.

Su paso por los rincones más diversos del planeta, aportan un extra de originalidad a los sonidos de Dirty Beaches, acercándose a estilos de lo más variado. Aunque el nexo de unión entre todas las influencias parece claro: los ruidos de Alan Vega y Martin Rev y el rockabilly más puro.

 

 

Old Blood y Horror

Meterse en un disco de Dirty Beaches es entrar en un mundo completamente distinto cada vez. Su primera referencia, Old Blood (2007, Fixture), ya dejaba claro el gusto por los sonidos graves y los efectos sonoros. Se aprecian también ecos de las guitarras Rickenbacker de los Byrds y las melodías luminosas de la costa oeste.

Bajo el título de Horror (2008, Fixture) llegó el segundo disco y el minimalismo empezó a ganar protagonismo en el sonido de Dirty Beaches. El disco es todo un tratado sobre la desolación y la oscuridad.

 

Badlands y la nominación a los Polaris Music Prize

Hungtai siguió afianzándose con Night City (2010, Night People) pero no fuehasta la salida de Badlands (2011, Zoo Music) cuando Dirty Beaches llegó al gran público. El éxito del disco se transformó en una nominación para los prestigiosos Polaris Music Prize.

La influencia rockabilly llega al máximo en este álbum. Las canciones no se desprenden de la oscuridad de trabajos anteriores, pero el sonido final evoluciona hacía estilos más variados.

Los alaridos industriales de “Speedway” parecen salidos de la garganta del mismísimo Frankie Teardrop para acabar transformándose en los lamentos de un Elvis de ultratumba en “Horses”. La línea de bajo intenta romper con el muro lo-fi creado por Dirty Beaches en temas como “Sweet 17” o “A Hundred Highways”.

Hungtai se acerca a la chanson en “True Blue” y se disfraza del crooner  más sofisticado en “Lord Knows Best”. La visión más desoladora del artista llega al final del disco con “Black Nylon” y “Hotel”, para recordarnos que el mundo no es un lugar luminoso aunque salga el sol a diario.

 

Drifters/Love Is The Devil, su trabajo más ambicioso

Lo último de Dirty Beaches hasta la fecha es Drifters/Love Is The Devil (2013, Zoo Music), álbum doble grabado en Berlín con Anton Newcombe (The Brian Jonestown Massacre). El disco está dividido en dos partes: la primera sigue la evolución marcada por los álbumes anteriores, mientras que la segunda se enreda entre el ambient y el minimalismo industrial.

Destellos de post-punk y el kraut más vanguardista (“Belgrade”) llenan las canciones de Drifters; la base de “Night Walk” abre el primer LP sin tregua, con una línea vocal deudora una vez más de Alan Vega. “I Dream In Neon” reinventa el “Personal Jesus” de Depeche Mode, pasado por el filtro infrahumano de Dirty Beaches.

 

Llegando a nuevos territorios

El rockabilly sigue ahí (“Casino Lisboa”), unido por completo a las grandes bandas del shoegaze  y el noise rock de los ochenta (“ELLI”); pero los nuevos rincones a los que llega este nuevo álbum empiezan a aparecer al final de la primera parte con “Aurevoir Mon Visage”: ritmos tribales y ruidos infernales bajo una letra cantada en francés. El cambio de registro llega con “Mirage Hall” y “Landscapes In The Mist”, que dan paso a la parte ambient instrumental llamada "Love Is The Devil".

Aunque Drifters/Love Is The Devil esté pensado como un todo con clara línea divisoria, el resultado final es completamente coherente. El paso de un disco a otro se convierte en algo natural y es difícil concebir la escucha de uno sin el otro.

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