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Sub Pop: historia de un sueño bajo la lluvia

Chris Estepa, 03 de Octubre de 2013
Reportaje sobre el mítico sello underground de Seattle y todos los grupos a los que dió vida

En los años ochenta, entre kilos y kilos de purpurina, música prefabricada y modelos de pasarela metidos a rockstar, en una esquinita de los Estados Unidos de América, surgió todo un submundo alternativo a la escena musical reinante.
Estamos hablando de Olympia, en el estado de Washington; y de un pequeño sello independiente, que se convirtió en la casa de una moda que lo arrasaría todo en la década de los noventa:
Sub Pop.

 

La culpa de todo la tiene Chris Cornell

Nuestra historia comienza con Bruce Pavitt y la creación del fanzine Subterranean Pop, dedicado a mostrar al mundo la ajetreada vida de las alcantarillas rockeras de la américa de 1979. La cosa se puso seria cuando en la vida de Bruce, aparece la otra parte contratante: Jonathan Poneman.

Una pequeña aportación financiera de Poneman (20.000$) para la publicación del debut de una banda local llamada Soundgarden, se convirtió en la primera relación laboral de los futuros reyes del underground norteamericano.
Pavitt ya llevaba tiempo usando el nombre de
Sub Pop en su programa de radio de la KCMU e incluso había publicado un recopilatorio de grupos independientes, algún que otro EP y varias casetes usando el mismo nombre. Pero fue a partir del disco de Cornell y compañía, cuando ambos, fanáticos del punk y el rock and roll sucio, comenzaron su andadura en amor y compañía.

 

 

¡Y llegar a alcanzar las más altas cotas de miseria!

El siguiente paso era sencillo: dejar sus respectivos trabajos sin futuro y mudarse a un pequeño cuchitril en Seattle.

La nueva sociedad se lo tomó en serio desde el principio y la mayoría de sus publicaciones aparecían en el mercado siguiendo las mismas pautas artísticas. Diseño gráfico uniforme y cuidado al milímetro con mismas líneas en la contraportada: producido por Jack Endino.
Además, un aliciente extra, las grandes fotografías de
Charles Peterson, un auténtico gladiador de la escena rockera.Y por supuesto el logo: sobrio, con clase.

En los primeros tiempos, las ventas de discos se vieron arrasadas por las ventas de camisetas con el dichoso logo. Tanto, que Pavitt no tuvo más remedio que admitir que “probablemente la mejor manera de gastar en promoción era sacar beneficio de la gente que lleva el logotipo planchado en el pecho”.

El boca a boca fue creando una gran demanda de los 7 pulgadas punkies que publicaba la joven disquera de Seattle. No fueron pocos los chavales que se quedaron sin su copia de tal o cual disco debido a la rápida aniquilación de plásticos que se producía en las tiendas que los comercializaban.
El interés creció hasta tal punto que se creó un club de fans de singles de Sub Pop, enviando por correo a los suscriptores copias limitadas de las publicaciones del sello.

 

 

We want the world and we want it now!

La consigna era clara: acabar con el mamoneo de las estrellitas del “hair metal”.
Hollywood se había convertido en la capital mundial del rock and roll. Pero la magia de los pretéritos riffs de
Chuck Berry o la subversión de la Detroit de Iggy y los MC5 había desaparecido. A la máxima de “sexo, drogas y rock and roll” se le estaba cayendo la última parte y la pose empezaba a sobreponerse al talento. No había tiempo que perder.

Tras dominar el underground, la siguiente conquista llegó más allá del Atlántico. El periodista de Melody Maker, Everett True, voló a Seattle para comprobar a qué se debía tanto alboroto en las cloacas de la América lluviosa. Tras poner los pies en sus calles, su veredicto fue claro y como si de un Arquímedes futurista se tratara, exclamó: “Seattle Rock City!”. Lo siguiente que ocurrió por aquellas latitudes se llamó Bleach y supuso el debut de otra banda local: Nirvana.

Parecía que nada podía detener el sueño de los dos colegas de Seattle: ¡querían dominar el mundo!

 

 

Huele como a… Espíritu adolescente

En su día, el primer disco de Cobain y compañía pasó bastante desapercibido, excepto en las estancias más profundas del subsuelo musical. Thurston Moore, de Sonic Youth, no dudó ni un momento en lanzar piropos a las nuevas bandas de la escena de Seattle. Mudhoney y los propios Nirvana cada vez eran más conocidos y mientras, Sub Pop, lanzaba los discos de Tad, los Dwarves y las L7.

Poco a poco, las camisas de franela van acabando con los flecos y la crudeza del punk y el hardcore de grupos como Black Flag, se va metiendo en las influencias de los nuevos grupos. Sub Pop amplía sus miras y ficha a los Afghan Whigs de Greg Dulli, abriendo el sello a grupos más allá del rock sucio y mugroso. 

 

 

David Geffen al rescate

Tirando de tópico y, a pesar del buen comienzo del tándem Pavitt/Poneman, no todo iba a ser tan fácil como parecía.
No tardaron en llegar las primeras facturas impagadas y antes de que empezaran a correr peligro sus pulgares, Sub Pop empezó a buscar alianzas con los principales tiburones del mundillo. De veinticinco empleados, quedaron cinco; y a los medios les faltó tiempo para predecir la muerte de la oveja negra del negocio.

 

Sin embargo, cuando la multinacional Geffen abonó la cláusula de rescisión del contrato de Nirvana para publicar el segundo disco de éstos, nadie podía esperar que fuera a reflotar el sueño de los dos punkis majaretas que formaron Sub Pop años atrás. Nevermind vendió cuatro millones de copias en sus primeros nueve meses y las cloacas fueron remodeladas.

 

 

Dark times, dude

La competencia por firmar a los nuevos Nirvana se fue de madre y lo que debía ser una pelea entre amateurs, se convirtió en una lucha a muerte, a lo Royal Rumble, entre millonarios, pobres e indigentes de la más baja alcurnia.
Las bandas, que eran alternativas pero no idiotas, empezaron a exigir como si fuer
an unos Guns ‘N’ Roses cualquiera y, lo que ya de por sí parecía una utopía, se convirtió en una misión imposible para las pequeñas compañías independientes.

Con el agua al cuello, Sub Pop llegó a un jugoso acuerdo con Warner y recibió una importante suma de dinero a cambio del 49% de las ganancias del sello de Pavitt y Poneman. El acuerdo trajo consigo un aumento en las expectativas y en apenas unos meses, Bruce Pavitt, fundador de Sub Pop, abandonó el negocio y se dedicó en cuerpo y alma a su familia.

Como era de esperar, la gallina de los huevos de oro no tardaría en estirar la pata. El consumismo caníbal imperante y el arma de destrucción masiva más mortífera creada por la industria, Mtv, aceleraron el proceso. La aparición de grupos edulcorados hasta la náusea como Nickelback, Sevendust o Puddle of Mud, acabaron convirtiendo el grunge en poco más que una caricatura de sí mismo,y la normalidad regresó como si tal cosa.

Volvieron a triunfar las divas de tres al cuarto, el pop de los guaperas de turno y el rock and roll volvió con las ratas.

 

 

De vuelta a la realidad

Con los pies en el suelo, Poneman se propone sacar adelante Sub Pop y se dedica a lo que siempre haquerido, descubrir nuevos talentos y apoyar la escena más desfavorecida. Lo de conquistar el mundo decide dejarlo para su próxima reencarnación.

Con la llegada del nuevo siglo, Sub Pop volvió a dar un nuevo golpe a las arcas del negocio musical y colocó en el mapamundi más “in” a los Shins, banda de Nuevo México, que consiguió coló varias canciones en la banda sonora de Garden State.

The Postal Service, Hot Hot Heat, Band of Horses o Iron & Wine, siguieron la estela de The Shins y se buscaron un hueco en el panorama musical alternativo, dando estabilidad a la discográfica de Seattle. Otro de los grandes baluartes de Sub Pop e impulsores del grunge, Mudhoney, siguen publicando discos de la mano de Jonathan Poneman.

 

 

Nuevas formas de ganarse el pan

En 2007, surge de las entrañas de Sub Pop un nuevo modelo de negocio: Hardly Art; destinado a explorar nuevos terrenos en el mundo de la música, el sello se basa en el reparto equitativo entre compañía y banda, desapareciendo de este modo el dichoso tema de los royalties.

Los grupos pertenecientes a Hardly Art, son los dueños de los masters que graban y los contratos son para grabaciones individuales, en lugar de para varios discos.

 

 

¿Qué parte de “no tenemos dinero”, no entiendes?

Las nuevas estrategias de la compañía se enfocan en conseguir la autosuficiencia de sus cachorros. Para los más pudientes, hacerse con una referencia del sello, una entrada de concierto de alguna de sus bandas o incluso pillar unos adaptadores para discos de 45rpm (preciosos, en serio), no supone un gasto excesivo. De todas formas, en Youtube puedes encontrar discos completos de grupos de Sub Pop sin pagar un céntimo.

Y lo cierto es que, mirando un poco por encima el nuevo catálogo del sello, te encuentras con un buen puñado de bandas interesantes. ¿Ejemplos? Unos cuantos: desde las suaves melodías folk de Low o Fleet Foxes, al ruido máximo de Metz herederos directos de los días de Bleach; el punk sucio y sofisticado de No Age, el pop futurista de Beach House o Washed Out o el blues alternativo del señor Mark Lanegan. Asuntos serios, señores.

Sub Pop se acerca ya a la treintena y, en palabras de su fundador, su historia se puede resumir en: “inocencia, inocencia perdida e inocencia recuperada”.

¡Larga vida a lo underground!

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